-Champange, amigos mios-comentó la dama con orgullo-Traido desde la mismisima Francia.Por obra y milagro de la Condesa de Gravois.
-¿La francesa emigrada?He oído hablar de ella.Dicen que vino a Inglaterra poco antes de la Revolución de Francia con gran parte de su fortuna. Sus amigos sufriendo por salir de ese endiablado país y ella dándose la buena vida aquí- exclamó Lady Jennings, bajando la voz para que solo algunos oyeran sus comentarios.Lady Blair se indignó.
-¿No pretenderas que la condesa tenga que dejar de vivir porque ha tenido la suerte de escapar de esa caceria?Joven y poderosa, hermosa y casada con un hombre notable.¿Y debe pues encerrarse a llorar en su casa porque en Francia el populacho encolerizado pasa por la cuchilla a sus conocidos?
-Sólo digo que podria ser menos exhibicionista-se defendió Lady Jennings.Lord Blair se rió.
-Señoras, creo que es ya suficiente.Estoy seguro, querida amiga mia, que nadie en este lugar no se lamentara si la condesa hiciera lo que sugerís. Finalmente, es una de las personas más notables que tenemos el gusto de conocer.
-Y hablando de notoriedades, ahi llega nuestra condesa acompañada de su esposo.
En efecto, al que acababa de llegar al jardin era la Condesa de Gravois.Como una buena dama, nadie sabía su verdadera edad, pero tenía un aspecto joven y una figura flexible.Su rostro era triangular, su mirada vivaz y coqueta y sus rasgos finos y elegantes.Engalanada con un vestido rojo escarlata que dejaba vislubrar su cuello y sus brazos palidos, la condesa ignoraba o mejor dicho, fingía ignorar la admiración que su presencia causaba.Su esposo, el Conde de Gravois parecia bastante contrariado por este hecho.Caminaba al igual que hablaba, rapidamente y de forma seca, preciso y cortante.Habituado ya a las costumbres inglesas a diferencia de su esposa, era un hombre que contrastaba con la extravagancia de la Condesa de una forma casi exagerada.
-Parece amar realmente a su esposa-musitó Lady Jennigs.Lady Blair asintió.
-Dicen que la consiente en todo lo imaginable.Por otra parte, luego el presume de esposa. Supongo que puede considerarse como un acuerdo benigno para ambas partes.
-Por favor, querida, no hableis del matrimonio de esa forma-replicó Lord Blair.
-Estoy casada con un hombre de finanzas, ¿que esperais?-le contestó Lady Blair a su esposo.La condesa se acercó a ellos.
-Queridos amigos-dijo con voz musical, saludando protocolariamente a los presentes- me alegra ver rostros conocidos, ya temia quedarme sola y triste en algun rincon de este lugar.
-Dudo que vos os quedeis sola en cualquier parte-la contradijo amablemente Lord Blair-os adoran allá a donde vais.
-No quiero adoracion, quiero personas que no solo asientan por cada palabra que digo.Es realmente frustrante.
-Querida, ¿os apetece dar un paseo por los jardines aliviar vuestra frustracion? Seria terrible si os enturbiara esta espendida noche.
-De acuerdo, Lady Blair, pero primero dejadme coger una copa de champange de mi añorada tierra y brindemos por noches turbias y tierras lejanas-las dos damas se agarraron del brazo e iniciaron su paseo.El conde observó a su esposa.Lady Jennings se acercó a él.El conde la saludó.
-Vigilando cual dragón a su tesoro, ¿no es cierto?-preguntó la dama.Él suspiró,aburrido.
-Los tesoros normales, para suerte de algunos, no se mueven y mucho menos tienen caracter y toman decisiones.Ademas, milady, no resulta ser agradable ser comparado con un largarto, por muy grande o noble que sea.
-Disculpad mi lengua, señor. A veces se me olvida que no os conozco lo suficiente como para compararos con cualquier criatura sea mitologica o no.
-Olvidemos,pues,dicho comentario y hablemos de vuestro hogar, si os place.Tengo entendido que tampoco sois natural de Inglaterra.
-Asi es, señor. Mis padres provienen de España.Mi casamiento se debió a una reunion fortuita como esta, en la que conocieron a mi marido,Lord Jennings.
-Otro matrimonio sin amor-comentó el conde, sirviendo a él y a su acompañante un par de copas de vino tinto.Lady Jennings bebió, molesta.
-A primera vista parece que amais sobremanera a vuestra querida condesa, y sin embargo yo os pregunto confidencialmente ¿ es eso cierto?
-Mientras ella siga con vida si.
La velada continuó sin más acontecimientos dignos de nombrarse.Los condes,tras despedirse amablemente de los invitados, subieron a su carruaje.Lady Blair se acercó a su amiga.
-¿De que hablasteis con el conde?-preguntó con curiosidad.
-Del poco tiempo que durará como viudo-Lady Jannings se rió fuertemente,dejando a su amiga sin entender nada.
El carruaje se movia fuertemente cuando las ruedas chocaban con alguna piedra malintencionada.La condesa se recostó.
-Deberian mejorar estos caminos.No me gusta llegar a casa con moratones.
-No exagereis querida.Lo más peligroso que nos puede pasar por estos caminos no tiene nada que ver con el estado de este- el cochero paró el carruaje.El conde se asomó-¿Que ocurre, François?
-Juraria, mi señor, que he visto a un hombre aparecer y desaparecer del camino.
-Estareis cansado.Dejadme a mí dirigir los caballos en ese caso.
El conde se sentó a lado del cochero,dejando a la condesa casi dormida.Volvieron a ponerse en marcha hasta que un ruido extraño sono desde dentro del carruaje.El conde se detuvo de repente y bajó.
-¿Que os ocurr...?-del carruaje bajó un hombre.Era más alto de lo normal, con piel de plata,blanca y brillante, y unos ojos rojos vividos y audaces.En las elegantes y antiguas ropas del desconocido el conde pudo observar unas manchas rojizas que poco tenian que ver con un vino de reserva.Forcejearon y ambos cayeron al suelo.El conde pudo probar en carne propia la fuerza descomunal del desconocido.Sintió un dolor agudo en el brazo, parecia que se habia roto algun hueso.El desconocido rió, parecia que todo era un juego.Y de repente se desplomo sobre el.
El conde miró a la espalda de su agresor.Un trozo de madera pintado de negro,seguramente extraido del carruaje, estaba clavado profundamente en la espalda superior derecha.Mirandolo con pavor estaba François.
-Merci, mon ami-dijo el conde.
-¡Sacrebleu!-exclamó François-un caballero de las sombras, un señor de los condenados...-murmuró para sí.
-¿A que os referis?
-¿No lo habeís notado,monsieur?-preguntó Fraçois- ese oscuro ser no es un mortal, no anda sobre los vivos...Il est un vampire
-Ne soyez pas ridicule-exclamó el conde.Miró a la puerta del carruaje.François mostró en su rostro una actitud de miedo absoluto.
-Vuestra esposa...
El conde corrió y abrió la puerta del carruaje.Camufladas por el rojo vestido,las gotas de sangre se exparcián por el cuerpo de la condesa.El conde se detuvo en seco.
-¿Morte?-murmuró, al coger su fria mano y tomarle el pulso.La condesa abrió ligeramente los ojos.Esos ojos azules ahora se enrojecian como agua a la que se le echaba vino.
-Me temo que no,señor-respondió el cochero,con miedo.
-Llevanos a la casa, François.
-Si,señor.
El conde se sentó delante de su esposa, escuchandola decir palabras sueltas sin sentido, como si estuviera drogada.Las palabras que había dicho horas antes durante la fiesta vinieron a su cabeza.
-Mientras este viva si-una sombra cruzó su rostro.La luna brillaba siniestra en el cielo.
Ja ne!






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